*** Este balance se realiza con investigaciones realizadas por ProBox junto a aliados como La Hora de Venezuela, DFRLab y DDIA
Luego del proceso electoral que dio como vencedor a Nicolás Maduro en medio de denuncias de fraude, el aparato comunicacional del chavismo se adaptó para sostener su legitimidad interna y proyectarla hacia el exterior. Esto implicó criminalizar la protesta, presentar a los manifestantes como violentos y reforzar el control del discurso digital, utilizando redes sociales como escenarios para la intimidación, el señalamiento público y la difusión de contenido pro-gubernamental.
Las acciones no fueron improvisadas. A través del sistema secreto Siscom, el Ministerio de Comunicación e Información articuló una cadena de distribución de contenidos y órdenes comunicacionales que activó a miles de funcionarios, militantes y cuentas institucionales para moldear la conversación digital. Paralelamente, el chavismo entrenó a su propia tropa de influencers, ahora migrados en parte a TikTok, desde donde replican narrativas y desacreditan a opositores.
Todo este engranaje se vio coronado por el protagonismo de Diosdado Cabello, quien con su programa “Con el Mazo Dando” no solo dirige amenazas en televisión, sino que activa una red institucional que amplifica sus mensajes como parte de una estrategia de represión digital. A continuación, se desglosan los seis pilares de esta maquinaria.
1. Terrorismo de Estado en redes
Desde el 28 de julio, el ecosistema digital venezolano se convirtió en un campo de operaciones para la intimidación. A través de redes sociales y mensajería instantánea, el chavismo promovió imágenes y testimonios forzados de detenidos, acusándolos de “actos vandálicos”, alimentando una narrativa institucional de criminalización de la protesta. Canales de YouTube alineados con el oficialismo replicaban estos contenidos, en paralelo a discursos televisivos de Maduro.
Diosdado Cabello, en particular, encabezó una campaña de hostigamiento, usando sus plataformas para identificar públicamente a manifestantes y opositores, advirtiendo que serían arrestados. Esta persecución mediática fue respaldada por perfiles en redes vinculados a cuerpos de seguridad, que publicaban fotos, videos y datos de ciudadanos detenidos o buscados, consolidando un clima de terror digital.
La llamada “Operación Tun Tun” fue la fase más agresiva de esta estrategia. Esta consistió en capturas transmitidas en vivo, filtraciones de información personal de los acusados (doxxing) y amenazas públicas de detención por el simple hecho de publicar contenidos críticos. Esta operación digital no solo buscó apresar, sino inmovilizar a la disidencia con el ejemplo.
Así, el chavismo institucionalizó el uso del espacio digital como herramienta de represión y control, marcando la publicación crítica como una conducta delictiva, y haciendo de cada red social un espacio vigilado por el poder.
2. Aliados internacionales
La narrativa construida para justificar la represión interna también fue proyectada fuera de Venezuela. A pesar de que las protestas por presunto fraude electoral crecieron, el gobierno desplegó una campaña digital internacional para blindar su imagen. Mensajes, etiquetas y discursos buscaron convencer a audiencias extranjeras de que Maduro fue el legítimo ganador y que las protestas eran “acciones golpistas”.
En paralelo a la represión, se impulsó una narrativa de “preservación de la paz”, especialmente contra los llamados “Comanditos”, pequeños grupos ciudadanos organizados por la oposición para defender el voto. Estos grupos fueron señalados por el chavismo como células violentas financiadas por intereses extranjeros, y su existencia fue usada como justificación para militarizar barrios y urbanizaciones bajo la segunda fase del Plan República.
El 30 de julio, #MaduroPresidente se volvió tendencia… pero en Cuba, no en Venezuela. La escasa resonancia local contrastó con la campaña exterior del régimen, y fue indicio de un esfuerzo deliberado por moldear percepciones internacionales. Un estudio de escucha social reveló que cuentas extranjeras alineadas con el oficialismo impulsaban etiquetas y desinformación sobre las protestas.
Estas acciones forman parte de una diplomacia digital que busca aislar el discurso opositor y presentar a Maduro como víctima de un intento de desestabilización, mientras en el país se desplegaba la represión más violenta de los últimos años.
3. Adiós X para el MIPPCI, hola Siscom
Ante el bloqueo de X (antiguo Twitter) en Venezuela y el cambio de dinámica digital, el régimen reconfiguró su estrategia comunicacional a través del Siscom, un sistema interno de mensajería del MIPPCI (Ministerio de Comunicación). Esta red secreta permite emitir instrucciones precisas en tiempo real a funcionarios, militantes y comunicadores afines.
Una filtración de mayo de 2025 reveló que, por medio de Siscom, se coordina cada respuesta ante eventos imprevistos. Por ejemplo, tras una encuesta en X que daba como favorito a Edmundo González, el Siscom activó de inmediato una campaña para revertir la tendencia. Las instrucciones eran claras: compartir mensajes, activar etiquetas, inundar los comentarios.
El sistema se asemeja a una red de grupos de WhatsApp, pero con una jerarquía vertical en la que no se discute ni se debate. Simplemente se reciben y ejecutan órdenes de contenido, lo que permite al chavismo mantener una sincronización narrativa en tiempo real y con una gran cobertura territorial.
El chavismo ha profesionalizado su propaganda digital, haciendo del Siscom un centro neurálgico de su maquinaria de manipulación y respuesta rápida. La espontaneidad en redes sociales ha sido sustituida por una estructura organizada, controlada y funcional al poder.
4. Formación de tropas
El chavismo no solo coordina, también las forma. A través de programas como Lauicom, la Escuela Influye y cursos dictados por la Academia RT (Rusia Today), se entrena a simpatizantes para convertirse en operadores digitales capaces de replicar el discurso oficial y desinformar estratégicamente.
Estas formaciones incluyen clases de manejo de algoritmos, edición de contenido viral, ataques discursivos y posicionamiento de etiquetas. Se trata de capacitar a militantes para contrarrestar la “guerra comunicacional” que, según el oficialismo, proviene de medios independientes y la oposición venezolana.
Este modelo de formación convierte a los influencers oficialistas en piezas clave dentro de las campañas. Al utilizar sus cuentas personales, se genera la falsa percepción de una narrativa espontánea o popular, cuando en realidad responden a una lógica entrenada y organizada.
De acuerdo con organismos internacionales, estas estrategias encajan dentro de las denominadas “operaciones de información maliciosa”, por su capacidad de engañar, acosar y manipular la conversación pública en redes, socavando la integridad informativa y afectando el derecho a la libre expresión.
5. Los «TikTokers de la Patria» como nuevos protagonistas
Con el bloqueo de X y la migración de usuarios a nuevas plataformas, TikTok se ha convertido en uno de los campos de batalla favoritos del oficialismo, adaptando su estrategia para calar dentro de esta plataforma. Desde ProBox se descubrió una red de al menos 50 cuentas en TikTok que replican mensajes oficiales y atacan a figuras opositoras.
Durante un monitoreo entre agosto y octubre de 2024, se identificaron cuentas con patrones sospechosos: sincronización de publicaciones, repetición de contenidos y uso estratégico de hashtags. Estas cuentas actúan como una red coordinada, similar a los antiguos “Tuiteros de la Patria”, pero con formatos más atractivos para audiencias jóvenes.
La narrativa oficial en TikTok ya no se limita a frases e imágenes. Ahora se producen videos elaborados, con música, efectos y dramatizaciones que promueven a Maduro como figura popular y desacreditan a líderes como María Corina Machado o Edmundo González. Campañas como “Nico Like” o la del Esequibo son ejemplos de este nuevo lenguaje propagandístico.
La presencia oficialista en TikTok no es improvisada: es una estrategia adaptada al contexto actual, en el que los medios tradicionales han perdido credibilidad y alcance. El objetivo: dominar la agenda pública entre los más jóvenes y establecer un relato único que legitime al poder.
6. Diosdado y el Mazo para reprimir
Diosdado Cabello, uno de los hombres fuertes del chavismo, es también un actor central en su estrategia de represión digital. A través de su programa “Con el Mazo Dando”, no solo lanza amenazas, sino que marca objetivos: periodistas, activistas y opositores que luego terminan detenidos o acosados públicamente
Este programa es amplificado por una red de cuentas institucionales, particularmente del CICPC, que replican sus mensajes con etiquetas y publicaciones coordinadas. Esta estrategia no solo promueve el miedo, sino que normaliza el hostigamiento como parte del discurso oficial.
La “Operación Tun Tun”, bajo su liderazgo como Ministro de Interior y Justicia, institucionaliza la vigilancia digital: se anuncian detenciones, se exponen identidades y se ejecutan allanamientos que luego se difunden en redes como actos ejemplarizantes. Las amenazas ya no quedan en palabras; se convierten en política.
La estructura de difusión del mensaje es jerárquica: del programa central a cuentas estatales y municipales, que fungen como nodos en una red de propaganda y represión. Así, cada mensaje de Cabello tiene eco en todo el país, alimentando una cultura del miedo que busca suprimir cualquier disidencia.
Se consolida un ecosistema de la intimidación digital
A un año de las elecciones del 28 de julio, en Venezuela se consolida una maquinaria comunicacional sofisticada que combina propaganda, vigilancia, formación, represión y censura. Desde el Siscom hasta TikTok, pasando por la figura de Diosdado Cabello y los influencers entrenados, el chavismo ha evolucionado hacia un modelo híbrido de control político en el entorno digital.
Este ecosistema no solo busca moldear la opinión pública, sino paralizar la protesta, desacreditar la crítica y mantener el poder a través del miedo y la manipulación. La represión ya no se limita a la calle: ahora se ejecuta también desde los algoritmos, las pantallas y las redes.
Todo este despliegue ocurre mientras el régimen cercena activamente la libertad de expresión. En paralelo a su ofensiva digital, encarcela a periodistas y bloquea medios digitales, a la vez que se censura la voz ciudadana en redes sociales mediante el bloqueo de la red social X y la aplicación de mensajería Signal. El resultado es un ecosistema donde la intimidación es norma, y donde el Estado no solo persigue la disidencia en la calle, sino que la vigila, delata y aplasta en el entorno digital.
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